La vida vuela. Así son las llegadas y las partidas. Una persona se va con la ligereza de una hoja dorada, y otra se queda, hablándole al viento en su nombre, confesando cada dos por tres cuánto la extraña. Cada gesto simple poner la mesa como le gustaba, cantar versos a todo volumen, encandilarse con lo cotidiano se volvió un conjuro para que su presencia siga arropando el alma. Porque despedirse no es olvidar, sino aprender a caminar con la ausencia como compañera. Y cada adiós, una semilla que, bajo la tierra del dolor, sueña con volver a ser alas. Yo te Cielo es un homenaje al amor.