Una guionista agotada huye de todo y conoce a otra cinéfila que tampoco desea ser encontrada en esta radiante y reconfortante nueva aventura de Emily Henry.
Beckett Heyburn adora las películas románticas clásicas. Ya sabes, de esas con besos apasionados en los vagones de tren, parejas bailando bajo la lluvia y esas frases icónicas que recuerdas incluso después de olvidar de qué película son. Siempre ha querido escribir una —una de esas frases y una de esas películas— y, aunque es una guionista con cierto éxito, ninguno de sus proyectos se le ha acercado.
Su mentora, Perdita, dice que es porque Beckett nunca ha experimentado una verdadera despedida. En realidad, Perdita dice muchas cosas. Que Beckett debería vivir con audacia, acumular arrepentimientos, llevar siempre unos canapés en el bolso al salir de una fiesta y, en caso de duda, ir a Santa Bárbara.
Cuando Perdita muere, dejándole a Beckett su casa en la resplandeciente Riviera estadounidense, y Beckett descubre que no puede escribir ni una palabra más, huye por la costa. La espera una soleada casa de terracota repleta de ropa vintage, recuerdos agridulces y una cantidad absurda de objetos relacionados con el cine. Es, sinceramente, perfecta, salvo por la adorable perrita rescatada que no deja de aparecer en su jardín. En realidad, la perrita es la perfección personificada: ¿ese enigmático y gruñón padre adoptivo que la acuesta cada noche en una cama tamaño king (pero se niega a ponerle nombre)? Podría mejorar un poco.
Aunque, a su favor, también podría ser la persona ideal para ayudar a Beckett a ignorar sus plazos, vivir con audacia, acumular algunos remordimientos y, tal vez, solo tal vez, tener un romance tan cinematográfico que por fin experimente lo que significa decir adiós.